Madrugada de amor y un te extraño

A veces me pregunto: ¿quién creó esa palabra llamada amor?
Tuvo que ser alguien que lo vio de cerca y lo vivió como nunca.

Es difícil describir esa palabra. Hay tantos cuentos, historias, películas y un sinfín de cosas más.
El amor pasa porque sí, y a veces puedes odiarlo y, al mismo tiempo, admirarlo.
Desde el amor que sientes por un animal hasta vivir enamorada de un humano.

Tocando el fondo de esto, he tenido que observarlo, contemplarlo con la mirada y recorrer su cuerpo en sangre y vino.
Es increíble amar. Increíble sentir que puedes extrañar a alguien y añorar su compañía a cada instante.
Perderte en sus ojos enormes y marrones. Perderte en ese círculo vicioso. Creer.

Acepto mi obsesión por mirar cada parte de él, cada lunar, su mirada al despertar, sus caricias al dormir, sus labios insaciables y pegajosos.
Me tiene loca.

Odio las noches sin él.
Odio las noches en las que se va por cigarros y alcohol.
Cigarrillos… cuando se va.
No aguanto la idea de que piense en alguien más.
No aguanto la idea de estar sin él.

El motivo más grande es él.
El motivo de mis lágrimas, también es él.

Pensar que fue el único es verdad, porque lo fue.
No existió nunca un “antes”, porque al conocerlo, el chip se borró.
Eliminé todo indicio del pasado.
Si hubo un hombre que tuvo mi corazón y mi alma, fue él.
Es mi cicatriz.

A los dieciocho descubrí que el amor existe… y que te jode.
Que quema por dentro.
Pero en ese carrusel de emociones maduras, y encuentras paz en alguien.
En un hombre que, con tan solo mirarte, te da paz.
Que, a pesar de sus defectos y de sus infiernos, te ama de verdad.

Desde que conocí también a Dynamo, mi cachorro, entendí que el amor a un animal es real.
Es estar en el paraíso y, a la vez, extrañar pataleando y llorando.

Dos cicatrices en mi cuerpo y en mi mente que jamás olvidaré.
Y que nunca encontraré otra vez.
Ni en callejones, ni en edificios, ni en fiestas, cigarrillos, alcohol, ni en una perrera.

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