La chica de vestido rojo
No me importa el reloj si se trata de él. No me importa el camino, ni a dónde iré si estoy con él.
Desperdicié tres años de mi vida antes, cuatro si queremos exagerar... pero ahora es diferente.
Bailo por las mañanas, el sol siempre se refleja en mi ventana cuando lo hago, y el espejo marca mi belleza.
Mi vestido rojo aún puede bailar conmigo...
En las noches no puedo dormir. En las noches, a veces, lloro. En las noches, mi gato me consuela… y mi llanto con él.
Suelo caminar desnuda por mi jardín y ver qué sucede a las tres de la mañana. Tal vez soy sonámbula, noctámbula… qué sé yo.
Solo sé que desde esa noche no puedo dormir… esa noche.
Siempre trato de volar, siempre trato de irme lejos y volverme una ermitaña ruda.
Y suelo también... hablar de él.
Sí, de él.
Todo gira en torno a aquel día.
“Después de la tormenta llega el sol”, sí. Pero para mí el sol nunca llegó... solo cuando bailo.
Trato de no pensarte, de no idearte, pero es que nunca te veo y eso es frustrante.
Mis pensamientos juegan con tu cuerpo, aún desnudo en el apartamento 360… y qué pensamientos.
Tantas fotografías al pensarte, al reflejar mi cuerpo en el tuyo, mi boca en tu boca y mi locura en la tuya.
Las observo cada segundo que pasa y encuentro un vacío enorme en mí, un hoyo escalofriante que ahora no puede dejarme.
Te veo y no estás. Te observo y no estás. Te fuiste sin decir nada.
Sin ese beso que todas las mañanas me dabas. Quizá un buenos días, un buenas noches después de hacer el amor…
Y eso no está más.
Solo el recuerdo de tu sombra por la ventana.
—¿Qué pasó?—
Todos me preguntan lo mismo.
Todas las veces que puedo “salir” con ellos… con ellas… pero ahora, más con ellos.
¿Sabes? La otra noche invité a un chico de treinta y cinco años a mi departamento.
Hicimos el amor salvajemente, me besó hasta que no pudo más.
Yo lo detesté, lo odié, me asqueó.
Solo quería saciar mi deseo en ese instante, porque tú no estabas. Porque tú no estás.
Se fue a las siete de la mañana con un beso que me enfermó hasta los huesos.
Después de eso, escuché a Collins mientras no paraba de fumar y fumar...
No fue un solo chico. Fueron veinte.
Y los conté con nombre y apellido. Nunca me llegaron a importar.
Soy bonita, y puedo atraer a cualquiera a mí.
Suena egoísta, tal vez… pero aquí entre nos, nadie te podrá reemplazar.
No a ti. Al verdadero hombre de mi vida.
Lo más curioso es que siempre que tenía sexo con estos adefesios, lo hacía con mi vestido rojo.
Aún soy sexy. Lo sigo siendo. Sí.
Ese vestido que te encantó en la primera cita que tuvimos. Ese vestido que arrancaste y mordiste mientras nos mirábamos.
Sí, ese.
Todos saben que no he podido olvidarte.
Saben que nunca tendré a nadie en mí hasta que envejezca.
Todos saben que desde que te fuiste en ese tren, yo no he podido encontrar a nadie que sea como tú.
Que duerma como tú.
Que haga el amor tan bien como tú.
Tengo una fotografía en mi ropero.
Siempre la saco cuando algún hombre se acerca a mi departamento.
La enseño y los torturo diciéndoles que él es el amor de mi vida, pero que se fue.
Suena penoso. Suena hasta horroroso.
Pero tú hiciste que fuera así.
El otro día me contaron que te vieron en algún otro país, lejano, en brazos de una mujer.
Quizá eras tú…
No creo que se equivoquen.
Pero… ¿A ella también la besas como a mí? ¿A ella también le haces el amor como a mí?
¿Te imaginaste alguna vez tocando algún cuerpo que no fuera el mío?
Juramos que no. Y ahora ves que sí.
Suena triste.
Y lo que hago también es triste.
¿Ves? Nos enamoramos tan pronto… y tan pronto fue nuestra despedida.
Tan pronto te fuiste de mi departamento… y tan lejana es tu despedida.
Tu mejor amigo, Carlos, me contó que estuviste en un bar diciendo mi nombre y llorando muy ebrio.
Quizá esos tres tequilas hicieron que me recuerdes. Que digas mi nombre. Y llores.
Tanto amor nos dimos.
Y te di tanto, que jamás pensé encontrarme en una enorme y profunda depresión.
Pero ¿ves?
Mi vestido rojo ahora se refleja en otros.
Tú te fuiste. Te largaste de mí.
Y ahora bailo sin ti.
Una tarde, una tarde cualquiera mientras preparaba tu cena de siempre, esa que tanto te gusta…
Encontré un boleto de tren hacia otra ciudad. Lejos de aquí.
No te dije nada. Pensé que me lo dirías después.
Pensé…
Después de no acabar tu cena, me diste un beso en la mejilla y no en los labios.
Quise desabrocharte la camisa, como siempre… y tú lo rechazaste.
Era la primera vez que lo hacías.
Yo me quedé anonadada. Estupefacta. Y extrañada, a la vez.
—¿Qué te pasa, Emilio?
—Nada. Me tengo que ir. Se me hace tarde.
—¿Adónde? ¿Por qué tantas maletas? ¿Te acompaño?
—¿Por qué tantas preguntas? Me vuelves loco. Ya basta. Me voy, no me acompañes. Me voy de viaje.
—¿Qué pasa?
—¡Ya basta, ¿no?! Me aburrí, eso es todo.
—¿De qué?
—Basta. Adiós.
Entendí.
Después de un año, mis amigas me dijeron que lo olvide.
Que me divierta.
Pasé de lo indivisible a lo contrario.
Hacía pasar a todos por mi departamento.
Tanto esperar llamadas desde las siete de la mañana hasta las tres de la madrugada…
Llamadas que nunca sonaron.
Fotografías que nunca tomé...
Tu almohada aún está a la derecha.
Y si ellos vienen, jamás la tocan.
Porque nunca tenemos sexo en la cama.
Solo en el sofá.
Mientras grito tu nombre con ellos, tu rostro se queda plasmado en sus miradas sin sentido.
Sus cuerpos jóvenes hacen que disfrute.
Y tal vez vuelva loca al resbalarme en ese sudor impermeable y sucio, a la vez.
Sucio porque no es contigo.
Una noche llamaron.
Una noche que marcó mi vida.
Realmente, más desde que te fuiste.
Me dijeron que caíste del séptimo piso de un edificio.
Pero no falleciste.
Solo que ahora no puedes recordar nada.
Ni a mí.
Me pasaron la dirección.
Y yo fui, con todos mis arrepentimientos del departamento… y de las noches que desperdicié encontrando tu cuerpo en el hoyo.
Cuando te encontré postrado en cama, te abracé, te besé, lloré…
Y no comprendí.
Y menos tú.
Le decías a todos quién era, qué hacía ahí, por qué te besaba.
Y tu familia —que siempre adoré— te dijo que yo era tu enamorada.
Quizá nunca les hablaste de tu nueva chica, de esa locura… y mejor así.
Nos dejaron solos.
Y traté de hacerte recordar todo lo que vivimos.
Pero fue en vano.
Quizá mis errores hicieron que tú estés así.
Sin recordar.
Y sin una pierna.
Quizá.
Mis errores, tantos, los perdonaste sin decirme nada.
Tu mirada lo dijo todo.
Yo juré que iba a estar contigo.
Y que ese vestido rojo no lo iba a estrenar jamás con otro cuerpo y sudor en mí.
Nunca más.
Ese vestido rojo que hizo de mis noches y madrugadas un infierno más de volar…
Y a la vez, de hundirme con tan solo recordarte.
Unos lobos que rompieron más de un hilo y mi sed…
Pero que fueron solo eso:
Algo sucio que guardo entre mi memoria… y, a la vez, olvido.


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