El Teatro en mi vida

¿Por qué me encanta tanto el teatro?
¿Por qué me gusta? ¿Por qué quiero llegar lejos con esta carrera?
¿Es por Natalie Portman? ¿Por Meryl Streep? ¿Por París, Italia, Los Ángeles o New York Films?
No. No es por eso.

Hay infinitas cosas que podría decir sobre el teatro: su historia, los libros, los premios, los métodos…
Pero no quiero hablar de Stanislavski ni de su maravilloso enfoque actoral.
Hoy no.
Esta vez voy a hablar de mí.

Cuando tenía un año ya cantaba.
Bueno, tarareaba.
Cualquier canción de Discovery Kids, Barney o de algún dibujo noventero.

A los tres años vivía con mi abuela.
En su cuarto había una cómoda larguísima que para mí…
era mi escenario.
Me paraba encima, agarraba un peine (mi micrófono), me peinaba, me “maquillaba” —o eso creía, parecía más un payaso—
y cantaba una canción inventada, solo para ella.
Ella me aplaudía. A veces también actuaba. No recuerdo bien qué hacía, pero lo hacía.
Mi abuela era, y sigue siendo, mi cómplice.
La amo. Es el amor de mi vida entera.
Tengo que escribir sobre ella algún día. En serio.

A los cuatro ya podía pararme de cabeza.
¡Mentira! ¡Jaja!

Pero sí, ya estaba metida en todas las presentaciones del cole: ballet, danzas, actuación.
Me encantaba el escenario.
La gente.
Los aplausos.
El brillo del piso.
Las luces.
Mostrar lo que llevaba dentro.

No actué de verdad hasta los diez, más o menos.
Antes de eso, estuve en el coro del colegio.
Porque además de actuar, me encanta cantar. Y no lo hago mal, creo yo. (O al menos eso me dicen).

He hecho más de cuatro obras teatrales y hasta tuve un bolo en televisión.
Y la verdad… me encanta.
Es mágico. Es... es...
No sé cómo explicarlo.
Es como estar en el cielo.

Antes de una función, mi corazón late como si tuviera 5,534,357,453 latidos por segundo.
Sí, así de rápido.

Cuando el presentador dice “segunda llamada”…
siento que el corazón se me rompe y salta.
Me sudan las manos.
Tengo miedo.
Y eso está bien.

Una vez, un actor me dijo:
“El que no siente nervios, no está bien. Incluso nosotros, después de años, seguimos sintiendo roche”.
Y es cierto.
Somos humanos.
Carne y hueso.
Espinilla por espinilla.

Cuando empieza la función, las luces cobran vida.
El público está ahí, atento a tus movimientos, tu voz, tus gestos, tu rostro.
Pero tú no los miras.
Miras un punto. Uno solo. Un punto vacío.
La oscuridad sobre sus rostros te da confianza…
pero también te recuerda que debes darlo todo.
Transmitirlo todo.
Pasión.

Y cuando termina, cuando los aplausos suben como una ola caliente, cuando ves a tus padres sonriendo, a tus amigos celebrando...
Eso es magia.
Eso es todo.

El teatro no es solo fantasía.
Es real.
Y al mismo tiempo, te lleva al cielo.
Te hace libre.
Te permite ser mil personajes y, a la vez, ser tú.

No importa si dura poco o si dura toda una vida.
Yo quiero ser parte de esto siempre.
Del arte.
Del teatro.
De esta pasión que tengo por él.

Mi novio, mi amante, mi amor platónico, mi todo:
Teatro. Teatro. Teatro.

Una vez más:
T
E
A
T
R
O

“Hoy haces el papel de Hamlet, y mañana el de figurante, pero aún en calidad tal, debes ser artista.”
—Stanislavski











Comentarios

Entradas populares