Soledad
Desde muy pequeña, siempre estuve rodeada de gente. Bullicio, alboroto… un constante ir y venir. Crecí en un ambiente lleno de amor gracias a mi abuela, quien, con su energía inagotable, me metió en mil talleres distintos. Le agradezco por eso: fue allí donde nació mi lado más sociable. Pero, con el tiempo, algo cambió. Me volví un poco ermitaña, una exploradora de mi propio mundo, con mis propias reglas y mi lugar secreto donde, simplemente, era feliz. Llamemos a esto: Soledad . Mi buena amiga… y, a veces, mi enemiga. Creo que a todos nos asusta quedarnos solos. Envejecer así, en silencio. Y sí, lo reconozco: a mí también me da miedo. A veces Sole me acaricia el alma, otras me encierra. Con ella puedo pensar con claridad, puedo ser yo. Pero también me ha hecho pelearme conmigo misma. Recuerdo un ataque de pánico y, desde entonces, la miré con otros ojos. Muchas veces me preguntan: —¿Tienes amigos? Claro que sí, los tengo. El dilema es otro: a veces me olvido ...







